sábado, 5 de junio de 2010

Limpieza del Alma...Dubi dubi duuu

Retomando el hilo de la historia...



- Vaya, vaya, Andrés... tú por aquí, ya iba siendo hora. Últimamente no se te ve mucho por esta zona de la iglesia.

- Hmm... sí, no sé... a lo mejor no es el momento adecuado. Quizás no tiene tiempo para atenderme ahora mismo. ¿No sería mejor que volviera más tarde? Dentro de... dos o tres años, por ejemplo, qué apuro hay.

- ¿Acaso la salvación de tu alma inmortal no tiene prisa, hijo? Ya que estás aquí, no veo razón para posponerlo. Carpe diem.

- Sí, sí, como usted diga Monseñor. Ay, por dónde empiezo....

- En estas cosas, como en la mayoría, conviene empezar por el principio, hijo. Y no te apenes ni sientas vergüenza alguna, recuerda que represento a Dios Padre, que es todo Amor y Compasión.- (El obispo suele hablar así, con muchas mayúsculas, debe ser algo que se aprende en el Seminario).

- Bueno, resulta que yo me enamoré de una dama de la región...

- Sí, hijo... algo he oído al respecto. Lady Marita, la querida sobrina predilecta de la condesa. Justo ayer hablaba con...

- ¡Padre! Si vengo hasta aquí embozada y discretamente, no es para que todo el mundo hable. ¿Y el secreto confesional, dónde queda?

- Andrés, Andrés. Si querías secreto quizás deberías haberlo pensado antes de protagonizar un incidente público, muchacho. En pleno centro del pueblo además.

- Venerable Monseñor, es que usted no entiende lo que yo siento.

- Hijo, que yo haya hecho voto de castidad no me impide conocer las urgencias de un varón joven y sano. De hecho, en mis años mozos, yo... pero no se trata de mí, sino de ti. Habla con confianza, estoy aquí para comprenderte y darte la absolución.

- Buenooo....¿es pecado besar, cuando se ama, padre?

- Depende. ¿Con lengua o sin lengua? Déjame consultar el manual.... veamos... besito simple, dos avemarías; beso con labios abierto, tres avemarías y un padrenuestro; beso con lengua, cinco avemarías, dos padrenuestros, un credo...

- ¡Cinc....! Pero, Padre, y si fue ella la que metió la lengua, ¿lo mismo tengo que recitarlo todo? ¿No podría hacerme un descuento del 50% al menos?

- Andrés, te he dicho y repetido hasta el cansancio que no puedes, no puedes, confesar pecados ajenos. Aquí vienes por tu cuenta y riesgo. Lo de lady Marita lo arreglará ella con su alma, si le parece. O con su tía, que es mucho peor. Y lo de pedir rebaja... creo que has frecuentado demasiado los bazares de tierras infieles, querido muchacho. No estás comprando una alfombra, sabes?

- Está bien, está bien Monseñor.-- (Un caballero astuto sabe cuando batirse en retirada).- En realidad yo venía por otro asunto... ¿tiene por ahí la listita? ¿No se me fijaría qué dice de los pensamientos impuros?

- Andrés. Las cosas aquí no funcionan así. Te lo volveré a explicar despacito: tú confiesas tus pecados, y después yo te digo la penitencia y te doy la absolución. Las cosas en la Santa Madre Iglesia siempre se han hecho así, y jamás cambiarán. Es más probable que algún día los cardenales elijan un papa alemán y de dudoso curriculum, a que varíen un ápice nuestras prácticas.

- ... (suspiro). Si usted lo dice, Padre. Bueno, mire, la cuestión es que hace un par de noches, me dormí y soñé. ¿Ya me puedo ir?

- No. Por ahora, dormir y soñar no es pecado. Necesito que me des más detalles.

- ¿Detalles? ¿Le parece, Monseñor? Bueno... si usted quiere... En mi sueño, ella visitaba mi lecho. En la oscuridad, me envolvía primero su perfume, más enervante que el incienso del templo y que los azahares de Granada. Mientras mi bella pelirroja se acercaba, el silencio estaba lleno de anticipación y sólo lo rompían el leve rumor de sus pies desnudos y nuestras respiraciones entrecortadas. Había también un sonido de tambores, pero puede que sólo fuera mi corazón ilusionado. Cuando ella yació a mi lado, la fría seda de su camisón poco hizo por reducir el fuego de mi piel enardecida, más bien soliviantó cada centímetro de mi cuerpo. Sobre todo los centímetros de abajo, Padre. No voy a decir que me resistí a la invasión de mis sábanas, ni a la completa conquista de mi cuerpo, entregado a su soñada pasión, porque añadiría a mis pecados la mentira. Con lujuria acogí su llegada, con regocijo respondí a sus besos, con entusiasmo de aprendiz recorrí sus curvas y altozanos, con deseo estrujé sus caderas de perfecta simetría y descendí mi cuerpo sobre su ardiente carn....

- ¡Vade retro, Satanás! Tu alma está en peligro de condenación eterna. El Señor hizo de tu cuerpo un templo, y tú has permitido que la lujuria lo invadiera, desdichado. ¡Cómo te atreves a...

- Pp..p...pero usted me dijo que diera detalles. Con confianza, dijo. Amor y Compasión, dijo. Y que sin vergüenza...

- ¡Sinvergüenza!, eso debí decir. ¿Pero tú sabes el pecado en que has incurrido, infeliz? ¡Y hacer objeto de tu lascivia a esa pobre niña inocente, virginal, casta, pura...

- Emhhh.... Padre, disculpe que lo interrumpa, ¿usted no leyó la Gaceta del Chisme esta semana, no?

- Oh. Sí, bueno. Decía que has incurrido en pecado. Pero se es joven sólo una vez, y se comprende que si hay amor de por medio, y estando ella de acuerdo en recibir tus atenciones (me refiero a versos, madrigales, gestas caballerescas... que te quede claro, Andrés. No abuses de mi paciencia) es posible que puedas restañar el mal que has hecho.

- Entonces... ¿ya me puedo ir?

- Momentito. Tenemos que hablar de la penitencia.

- ¿Voy de nuevo al convento a aprovisionarlo de leña y a ofrecer mi ayuda para lo que sea menester?

- De ninguna manera. Esa penitencia ya no sirve para ti. Tienes a todas las monjitas comiendo de tu mano. La semana pasada, sin ir más lejos, Sor Ángeles tuvo el atrevimiento de decirme que no podía entregar a tiempo los nuevos ornamentos bordados para el altar porque estaba ocupadísima renovando tu guardarropas con camisas de lino finamente labrado y una capa de terciopelo forrada de piel. Me dijo "porque se acerca el invierno, Monseñor, y ese pobre chico está casi desnudo. Ni bufanda tiene.". Si no fuera porque conozco a Sor Ángeles desde hace casi cuarenta años, me atrevería a jurar que le brillaron los ojitos cuando dijo "desnudo". Y todavía no puedo creer que hayas convencido a la Madre Superiora para que te diera la receta de sus inigualables tarteletas de limón, que han sido el secreto mejor guardado del convento desde que fuera fundado por Santa Carmelita de los Pies Llagados. No, de ninguna manera te dejaré acercarte de nuevo a las buenas monjitas, eres pésima influencia para ellas. Tu penitencia consistirá en ayunar dos días a pan y agua, y en rezar una novena.

- ¿Y si lo dejamos en dos novenas y un día a pan y agua, Monseñor? La carne es débil.

- Ego te absolvo. ¡Fuera de aquí!

martes, 1 de junio de 2010

VIVIENDO AL BORDE DEL PELIGRO Ó LOS RIESGOS DE INGRESAR A UN GRUPO DE NOVELAS ROSA

Semejanzas y diferencias.


Algunas de ustedes quizás se pregunten el origen de determinados asuntos mencionados en este blog. Es natural, las muj... las personas son curiosas. Y cuando leen –en reiteración real, como dicen en la sección policial del noticiero- acerca de calditos Knorr, clones, persecuciones implacables, bufandas a medio tejer, retratos requeridos y toda suerte de otros inquietantes detalles, desean enterarse de cómo comenzó todo. ¿Cómo se conocieron el príncipe y la princesa... realmente? ¿Quién persiguió a quién? ¿Quién...(música sensual, por favor)... sedujo a quién? ¿Quiénes fueron los cómplices que intervinieron activamente en los avatares de su relación? Aquí empieza a desenredarse el ovillo, atención.

Esta historia empezó dentro de un grupo de aficionados (el uso del sustantivo masculino es un himno al machismo en el idioma castellano, digamos que eran unas treinta aficionadas... y yo) a la lectura y traducción de novelas románticas. Ustedes saben cómo son esas cosas: al principio mucha educación, mucha cortesía, mucho atenerse al tema que nos reunía... pero al poco tiempo mostramos la hilacha y echamos los chanchos. Y aquello fue un viva la patria.



Para muestra, aquí va una selección –bastante expurgada, este blog no pretende saltar a la fama a través del simple expediente de ser demandados por exposición indebida de intimidades ajenas- de aquel intercambio de cartas, gozosa lluvia de mariposas virtuales que se posaban en nuestro correo cada día.




miércoles, 26 de mayo de 2010

Recetas de la Mazmorra...

Hoy: Amor y chocolate.



¿Existe algo mejor que estar enamorado? (Es una pregunta retórica, no hace falta que la contesten).

Todos sabemos que muy pocas sensaciones se equiparan a este loco revolotear de mariposas en el estómago, al irregular palpitar del corazón ante la visión del ser amado -aún cuando el ser amado se pierda en la lejanía con toda la prestancia de un costal de papas echado en la grupa del caballo de su dama (es un decir) de compañía-, a esta alegría que baña hasta los actos más ínfimos y cotidianos de cada día. Puede ser que el enamoramiento sea una locura transitoria, pero es de las mejores locuras que hay.

Claro que no todo el mundo tiene la fortuna de estar enamorado y ser correspondido. No cualquiera puede ser herido de amor por la mujer más bella del mundo, la más llena de gracias, la de las pestañas modestas y la lengua juguetona. Un caballero que se precie de tal no puede, en su dicha amorosa, olvidarse de aquellos que no habitan esta región de transparente gozo.

He aquí que habiendo percibido que algunas damas del castillo andaban de semblante alicaído y mustio por la falta de trovadores que cantaran al amor y sobre todo de caballeros que lo practicaran (las Santas Cruzadas han diezmado dos o tres generaciones de lo más granado de nuestra nobleza), resolví aplicar presto remedio a la patética situación.

Obviamente no puedo sacarme de la manga una colección de gentiles caballeros -ni un triste troll puedo conseguir sin previa licitación-, pero al menos he conseguido dar con un remedio temporal, un paliativo dulce y suave para las asperezas de la vida y el desengaño amoroso.

Basta de charlas y prolegómenes. Venid, lady Bel, lady Majo, lady Ross, lady Ana, condesa Colterino, lady Julieta, lady Yadi (la de los dientes de perla), lady Monique, lady Karla de Ultramar... uy uy uy, por qué se me habrá ocurrido llamarlas de una en una, si se me queda alguna en el tintero flor de lío se me arma..., lady Ester de habilidosas manos, lady Karina (creo que éstas son dos), lady Melissa, lady Karen, lady Rosa, lady Laila, archiduquesa Amalia (hay que respetar las jerarquías, chicas, miren y aprendan), lady Aisha, lady Lizty, lady Cristina, lady Carol, lady Richie, lady Marian, lady Patricia, lady Remedios (vamos a tener que hablar sobre su nombre, lady Remedios... en otra ocasión) y lady Yuraima. Si por ventura alguna dama extranjera se encuentra en estos momentos en el castillo, bienvenida sea a esta incursión en las cocinas.

A mi princesa no la convoco porque acaba de ser llevada a entrevistarse con su tía por su carcele... por su dama de compañía más preciada, la guerrera celta. Creo que aparte de tomar el té se proponen discutir en profundidad cierto incidente que terminó siendo de público conocimiento (por la desafortunada coincidencia de suceder en medio de la calle principal del pueblo, a plena luz del día, y con unos cuantos mirones alrededor, entre ellos el corresponsal de una gaceta de chismes que no deja títere con cabeza). Y sí, las noticias vuelan.

Señoras, dejen de lloriquear penas de amor y dieta sobre sus bordados pañuelitos de lino. Es hora de ponerse a trabajar. En primer lugar separaremos claras y yemas de tres huevos de gallina, con el mayor cuidado y sigilo: si se mezcla siquiera una gota dorada en la transparencia líquida de las claras, toda la operación fracasará. Es un dato importante que los huevos han de estar a temperatura ambiente: si la cocinera del castillo los tuviera en algún rincón helado de.. de... las mazmorras, por ejemplo, sáquenlos de allí un rato antes de empezar la receta.

Ahora, aprovechando que hay aquí muchas manos ociosas, algunas se ocuparán de batir con paciencia las claras, hasta que una espuma firme y ligera llene el recipiente. Tan firme ha de quedar el batido como para arriesgarnos sin miedo a dar vuelta el mejunje sobre la cabeza de nuestra querida amiga lady Yuraima (se escucha un coro de grititos histéricos). No, tranquilas, si está bien batido no caerá. Ahh.... ya veo que le faltaba un poco más de esfuerzo al asunto.... no te preocupes, milady, dicen que hace bien al cabello. Bueno, bueno, bueno, no es para tanto, más se perdió en la guerra. Ustedes consigan otras tres claras, y esta vez asegúrense de batirlas a nieve. Sin pruebas circenses esta vez, le agregaremos tres cucharadas soperas de azúcar común, mezclando con cuidado.

Por otro lado, ustedes niñas que cuchichean en ese rincón... no, no me importa lo que diga la Gaceta, ni voy a hacer declaraciones al respecto...¡no, no estábamos desnudos en mitad de la calle, por dios!..., hagan el favor de batir las yemas junto con tres cucharadas de azúcar (sí, ya sé, de nuevo son tres cucharadas... no es casualidad, es por la Santísima Trinidad, el arzobispo insistió. Y bueno... con tal que salga rico).

¿Cómo que ya se cansaron? Es claro, comen tres hojitas de lechuga condimentada con limón, se apretan el corsé hasta que les queda una cinturita de cincuenta centímetros y ahora vienen a desfallecer de hambre y falta de oxígeno en mis... eehh, no, en mis brazos no, Princesa, tú bien sabes que sólo tú ocupas mi corazón y mi abrazo. ¿Pero dime tú que hago ahora con este lánguido mujererío desmayándose por todas partes?

En fin... sigamos con lady Bel, que parece una mujer sensata y capaz de terminar el batido de yemas. Cuando esté en su punto ideal, cremoso y claro, podremos dejarlo a un lado, junto con el merengue de claras, y pasar al tercer preparado.

Ahora debemos derretir 100 gramos de mantequilla, sin quemarla, se trata simplemente de que quede líquida. ¡Por supuesto que para derretir la mantequilla hay que acercarse al fuego, milady! No me sea tan melindrosa. Psstt... Princesa, aquí entre nos, algunas doncellas del castillo son un poquito paparulas, no?

Ahora, señoras mías, observen con atención este maravilloso producto que voy a presentarles, recién llegado a la corte desde lejanísimas tierras de ultramar. Lo trajo Sir Alastair, un noble del reino devenido corsario luego que la desgracia se abatiera sobre su herencia. He escuchado rumores acerca de que lady Karla no lo mira con malos ojos... ese sonrojo es probatorio, milady.

Este polvo oscuro de aroma misterioso y seductor se llama cacao, y me apuesto un diván rococó a que se pondrá de moda y hará furor en estas tierras y también extramuros. Sobre todo cuando a alguien se le ocurra mezclarlo con leche, crema y azúcar, avellanas, pasas, almendras... quién sabe cuántas cosas más serán compatibles con esta delicia.

De momento, nos limitaremos a agregar, con la precaución que corresponde al tratar con materia tan extraordinaria y exótica, tres cucharadas soperas de cacao amargo a la mantequilla derretida, procurando disolverlo completamente.

Ahora, en un proceso que tendrá mucho de alquímico, aunaremos la cremosa preparación de yemas a la mantequilla de oscuro fulgor, igual que algún día no muy lejano se mezclará mi piel tostada por soles bárbaros con la límpida y casta belleza de mi amada princesa.

Finalmente, con la suavidad de la mano más delicada, hay que incorporar la nívea claridad del merengue, con movimientos envolventes y sutiles. El merengue es un espíritu fragil, si se asusta pierde su condición etérea y ya no hay arreglo posible más que comenzar de nuevo.

A pesar de todos los dedos que en este momento se hunden subrepticiamente en la preparación -las estoy viendo, no se molesten en negarlo- para luego ser lamidos con fruición y disimulo.... ahhh, si ella quisiera compartir conmigo un beso de chocolate y fuego, porque de fuego era su lengua dentro de mi boca, candente la piel de su cintura al contacto de mis manos avariciosas, ardiente su aliento tembloroso.... ejem, decía que a pesar de la natural impaciencia por probar este postre, lo ideal es que sea consumido a temperatura fría -no helada-. Unas dos o tres horas en recinto fresco, como un sótano Fagor o LG, por ejemplo, le vendrán de maravillas.


Unas palabras finales. Este es un bocado digno de dioses, alimento para el cuerpo y para el alma, suavidad dulce y untuosa que se disolverá en su boca y satisfará anhelos todavía por descubrir. Permítanse el placer de saborearlo, disfrutarlo, gozarlo. Permítanse la licencia de ser vencidas por la tentación y conocer así que algunas batallas vale la pena perderlas.