Retomando el hilo de la historia...
- Vaya, vaya, Andrés... tú por aquí, ya iba siendo hora. Últimamente no se te ve mucho por esta zona de la iglesia.
- Hmm... sí, no sé... a lo mejor no es el momento adecuado. Quizás no tiene tiempo para atenderme ahora mismo. ¿No sería mejor que volviera más tarde? Dentro de... dos o tres años, por ejemplo, qué apuro hay.

- Sí, sí, como usted diga Monseñor. Ay, por dónde empiezo....
- En estas cosas, como en la mayoría, conviene empezar por el principio, hijo. Y no te apenes ni sientas vergüenza alguna, recuerda que represento a Dios Padre, que es todo Amor y Compasión.- (El obispo suele hablar así, con muchas mayúsculas, debe ser algo que se aprende en el Seminario).
- Bueno, resulta que yo me enamoré de una dama de la región...
- Sí, hijo... algo he oído al respecto. Lady Marita, la querida sobrina predilecta de la condesa. Justo ayer hablaba con...
- ¡Padre! Si vengo hasta aquí embozada y discretamente, no es para que todo el mundo hable. ¿Y el secreto confesional, dónde queda?
- Andrés, Andrés. Si querías secreto quizás deberías haberlo pensado antes de protagonizar un incidente público, muchacho. En pleno centro del pueblo además.
- Venerable Monseñor, es que usted no entiende lo que yo siento.
- Hijo, que yo haya hecho voto de castidad no me impide conocer las urgencias de un varón joven y sano. De hecho, en mis años mozos, yo... pero no se trata de mí, sino de ti. Habla con confianza, estoy aquí para comprenderte y darte la absolución.
- Buenooo....¿es pecado besar, cuando se ama, padre?

- ¡Cinc....! Pero, Padre, y si fue ella la que metió la lengua, ¿lo mismo tengo que recitarlo todo? ¿No podría hacerme un descuento del 50% al menos?
- Andrés, te he dicho y repetido hasta el cansancio que no puedes, no puedes, confesar pecados ajenos. Aquí vienes por tu cuenta y riesgo. Lo de lady Marita lo arreglará ella con su alma, si le parece. O con su tía, que es mucho peor. Y lo de pedir rebaja... creo que has frecuentado demasiado los bazares de tierras infieles, querido muchacho. No estás comprando una alfombra, sabes?
- Está bien, está bien Monseñor.-- (Un caballero astuto sabe cuando batirse en retirada).- En realidad yo venía por otro asunto... ¿tiene por ahí la listita? ¿No se me fijaría qué dice de los pensamientos impuros?
- Andrés. Las cosas aquí no funcionan así. Te lo volveré a explicar despacito: tú confiesas tus pecados, y después yo te digo la penitencia y te doy la absolución. Las cosas en la Santa Madre Iglesia siempre se han hecho así, y jamás cambiarán. Es más probable que algún día los cardenales elijan un papa alemán y de dudoso curriculum, a que varíen un ápice nuestras prácticas.
- ... (suspiro). Si usted lo dice, Padre. Bueno, mire, la cuestión es que hace un par de noches, me dormí y soñé. ¿Ya me puedo ir?
- No. Por ahora, dormir y soñar no es pecado. Necesito que me des más detalles.
- ¿Detalles? ¿Le parece, Monseñor? Bueno... si usted quiere... En mi sueño, ella visitaba mi lecho. En la oscuridad, me envolvía primero su perfume, más enervante que el incienso del templo y que los azahares de Granada. Mientras mi bella pelirroja se acercaba, el silencio estaba lleno de anticipación y sólo lo rompían el leve rumor de sus pies desnudos y nuestras respiraciones entrecortadas. Había también un sonido de tambores, pero puede que sólo fuera mi corazón ilusionado. Cuando ella yació a mi lado, la fría seda de su camisón poco hizo por reducir el fuego de mi piel enardecida, más bien soliviantó cada centímetro de mi cuerpo. Sobre todo los centímetros de abajo, Padre. No voy a decir que me resistí a la invasión de mis sábanas, ni a la completa conquista de mi cuerpo, entregado a su soñada pasión, porque añadiría a mis pecados la mentira. Con lujuria acogí su llegada, con regocijo respondí a sus besos, con entusiasmo de aprendiz recorrí sus curvas y altozanos, con deseo estrujé sus caderas de perfecta simetría y descendí mi cuerpo sobre su ardiente carn....
- ¿Detalles? ¿Le parece, Monseñor? Bueno... si usted quiere... En mi sueño, ella visitaba mi lecho. En la oscuridad, me envolvía primero su perfume, más enervante que el incienso del templo y que los azahares de Granada. Mientras mi bella pelirroja se acercaba, el silencio estaba lleno de anticipación y sólo lo rompían el leve rumor de sus pies desnudos y nuestras respiraciones entrecortadas. Había también un sonido de tambores, pero puede que sólo fuera mi corazón ilusionado. Cuando ella yació a mi lado, la fría seda de su camisón poco hizo por reducir el fuego de mi piel enardecida, más bien soliviantó cada centímetro de mi cuerpo. Sobre todo los centímetros de abajo, Padre. No voy a decir que me resistí a la invasión de mis sábanas, ni a la completa conquista de mi cuerpo, entregado a su soñada pasión, porque añadiría a mis pecados la mentira. Con lujuria acogí su llegada, con regocijo respondí a sus besos, con entusiasmo de aprendiz recorrí sus curvas y altozanos, con deseo estrujé sus caderas de perfecta simetría y descendí mi cuerpo sobre su ardiente carn....
- ¡Vade retro, Satanás! Tu alma está en peligro de condenación eterna. El Señor hizo de tu cuerpo un templo, y tú has permitido que la lujuria lo invadiera, desdichado. ¡Cómo te atreves a...
- Pp..p...pero usted me dijo que diera detalles. Con confianza, dijo. Amor y Compasión, dijo. Y que sin vergüenza...
- ¡Sinvergüenza!, eso debí decir. ¿Pero tú sabes el pecado en que has incurrido, infeliz? ¡Y hacer objeto de tu lascivia a esa pobre niña inocente, virginal, casta, pura...
- Emhhh.... Padre, disculpe que lo interrumpa, ¿usted no leyó la Gaceta del Chisme esta semana, no?
- Oh. Sí, bueno. Decía que has incurrido en pecado. Pero se es joven sólo una vez, y se comprende que si hay amor de por medio, y estando ella de acuerdo en recibir tus atenciones (me refiero a versos, madrigales, gestas caballerescas... que te quede claro, Andrés. No abuses de mi paciencia) es posible que puedas restañar el mal que has hecho.
- Entonces... ¿ya me puedo ir?
- Momentito. Tenemos que hablar de la penitencia.
- ¿Voy de nuevo al convento a aprovisionarlo de leña y a ofrecer mi ayuda para lo que sea menester?

- ¿Y si lo dejamos en dos novenas y un día a pan y agua, Monseñor? La carne es débil.