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sábado, 3 de julio de 2010

EL AMOR Y LA GRAVEDAD

Dos fuerzas cuya existencia no es conveniente poner a prueba.

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Está fría la noche. Fría, oscura y húmeda como el hocico de Hans Christian, mi perro, quien tiene la desagradable e inveterada costumbre de hundirlo en mi cuello para despertarme. Cuando lo logra, salta a la cama y se echa con inocente felicidad sobre mi estómago. Hans está convencido de que es un perrito faldero, y se comporta como tal. Lástima que sea un saludable y perfectamente desarrollado gran danés.

Hace bastante rato que estoy aquí, aguardando oculto entre los árboles del parque, con los pies congelados en la hierba escarchada, los ojos puestos en el solitario torreón norte, y el corazón a los saltos entre la esperanza y el desasosiego.

rapunzel11Apenas fue ayer cuando Ella asomó su belleza a la ventana más alta. Entonces conocí la eternidad que habita cada segundo, la promesa que titila en el aire que separa a dos amantes, y también conocí lo incómoda y poco discreta que es esta nueva moda masculina de usar calzones ceñidos y claritos.

Hace pocas horas estaba cómodo y gozando del chisporroteo de la chimenea del Loro Feliz, con  una jarra de ponche caliente en la mano y escuchando distraído y algo adormilado las conversaciones, chistes y risotadas que estallaban a mi alrededor, mientras mis pensamientos revoloteaban en torno a mi Princesa, afligida y encerrada en su Torre. Lo que me daba cierto consuelo era suponer que ya estaría muy recuperada de su catarro, luego de la generosa ración de elixir curativo que preparé para ella. Debo recordar hacer algún presente a Lady Yadi y Lady Yura, que tan amablemente se ofrecieron a sortear peligros y guardianes para hacer llegar a mi amada el mágico brebaje. Sobre todo a Lady Yadi, que insistió mucho en ocuparse personalmente del humeante cáliz. 

-... antes que ir al Convento... esta noche... peligroso para la Princesa...

Inmediatamente mi cerebro y mis orejas se pusieron alertas. ¿Habían dicho "Princesa" y "peligro" en una misma oración? (Mi fisiología tiene una mecánica parecida a la del relámpago y el trueno: las neuronas arrancan un poquito después del estímulo... cuando arrancan).

-La moza es joven y saludable, ágil y de carnes prietas -dijo una voz a mis espaldas con un inconfundible dejo de concupiscencia. Si no fuera porque quería enterarme de lo que se cocinaba, ya habría hecho conocer el acero de mi espada al infeliz que se atrevía a referirse a mi inocente amada en esos términos. El único que puede pensar en ella con desenfrenada lujuria soy yo.- Nada le pasará, aterrizará sana y salva.

-Puede ser que consiga huir del castillo como pretende, pero bien sabemos que existen peligros en bosque peligroso los bosques. Hay animales salvajes. Hay forajidos sin ley ni moral. No sería la primera ni la última jovencita que desaparece por los caminos de nuestro Señor, y luego reaparece desgraciada y corrompida en el Templo de Afrodita. Justamente dicen que llegó una partida nueva de...

¡Horror! Mi perla, mi flor, mi templo de pureza ¿en riesgo de resultar herida, secuestrada... mancillada? ¿Por otro que no sea yo? ¡Jamás! Si alguien morderá esa boca, buceará en ese cuello de secretos perfumados, contará con besos las pecas de su nuca, apresará con dulce violencia sus pechos y se anclará en sus nalgas con manos que tiemblan de deseo y ternura, ése sólo puede ser este caballero enamorado hasta perder la armadura y la razón.

Así que me dirigí hacia el castillo de la condesa viuda, deseando llegar a tiempo de salvar a mi princesa de un destino que no será "peor que la muerte" como murmuran las beatas agrias a la salida de Misa Mayor, pero sin duda no es el futuro de vino y rosas que deseo para ella y para mí. Vino, rosas y sábanas de seda, para ser más preciso. Y quizás un corsé de cuero negro... de vez en cuando, si no fuera mucho pedir.

Quiso mi mala fortuna que se me unieran por el camino Sir Giles y Sir Mordred, que volvían entre alegres cánticos a sus aposentos. Se supone que debían pasar la noche en sobria vigilia rondando las almenas, a cargo como están de la seguridad del castillo y sus habitantes, pero son muchachos jóvenes, les gusta la tecnología moderna, y, como ellos dicen, en la taberna El Loro Feliz están a un vuelo de paloma mensajera de enterarse de cualquier imprevisto que suceda. Y pensar que hasta hace poco dependíamos de un correo a caballo... son tiempos de avances vertiginosos en lo que tiene que ver con las comunicaciones. Aun así, me dan un poco de lástima los caballeros de la otra generación, a quienes cuesta mucho adaptarse a manejar el pájaro sin ayuda de alguien más joven. Siempre lo he dicho, ante todo hay que ser prácticos y aprovechar los recursos disponibles: cabalgando hacia Tierra Santa y envuelto en el sudario de la añoranza, un caballero piensa en su amada, echa mano a la paloma y... ahhh... le envía un apasionado mensaje a su lejano amor.

 

Llegados a las cercanías del castillo, no había encontrado todavía una excusa para librarme de mis inoportunos acompañantes cuando atisbé el movimiento de una temblorosa luz a través de los vidrios coloreados de las ventanas del vestíbulo del piano nobile. Ni corto ni perezoso llamé la atención de mis compañeros sobre el inusual suceso, y ellos reaccionaron como se espera de muchachos de gran valor pero escasa experiencia: se cagaron en los pantalones.

andres1 -¡Ahhh! ...Es un... es un... ¡es un fantasma! ¡Un ánima del purgatorio!- tartamudeó Sir Giles.

- ¡No la vayas a mirar que te vuelves de piedra! Y...y...y si te toca quedas frito!- lloriqueó su acuerdo Sir Mordred.

Ambos volvieron la grupa, al grito de "¡A la iglesia, a la iglesia, pido Santuario para mí y para todos mis compañeros!"

En fin. Se iban, que era lo importante para mis fines, pero un resquicio de sentido de la responsabilidad me hizo detenerlos:

-¡Qué va a ser un fantasma, pardiez! Es doncella, y ligerita de ropas. Id a investigar qué está haciendo una joven mujer deambulando a estas horas por los corredores. Bien puede estar desorientada y necesitar de vuestra ayuda para regresar a sus aposentos.

Los caballeros parecieron notablemente animados, y partieron raudos a cumplir con sus deberes de protección del castillo. Por un momento sentí pena por quien fuera que recorría los pasillos en la madrugada, pero en un hombre enamorado queda poco sitio para la solidaridad, ocupado como está en cuerpo y alma por la ilusión, la lujuria, la esperanza, la ternura y el deseo de su amada.

Hablando de Ella, me parece haber escuchado el casi imperceptible crujido de una ventana que se   abre. Rápidamente me aproximo y percibo claramente el sonido de algo que se descuelga y   myWickedEarl02cae rozando las venerables piedras del torreón. No es una gruesa soga de esparto, ni tampoco cadena metálica. La oscuridad es impenetrable, pero mi entrenado oído distingue fácilmente el delicado e inconfundible fru fru del algodón egipcio de 400 hilos. ¡Entonces es verdad lo que escuché en la taberna! Mi valiente princesa intenta la fuga, y arriesga la vida y la integridad de ese cuerpo modelado a imagen de la virgen -suponiendo que la virgen tuviera caderas dulcemente redondeadas, pechos erguidos y llenos, cintura hecha para caber entre mis manos, ardiente pasión corriendo por sus venas, boca comestible y nalgas de promesa y purgatorio- para volar a mi encuentro.

Y vuela. O bien el algodón egipcio es menos resistente de lo que pregonan los astutos mercaderes orientales, o alguien se encargó con malvada alevosía de debilitar algunos tramos del artesanal instrumento de fuga. El resultado es que escucho y entreveo un revuelo de brazos, piernas, faldas, grititos y.... ¿eso que oí fueron ladridos? que se aproxima desde las alturas a una velocidad que se incrementa a cada metro y a cada segundo. Al cuadrado.

Me gustaría escribir que presto y ágil la atrapé en mis brazos con una maniobra elegante, y luego 6234c6bb91_6158255 montando en el caballo desaparecimos rumbo al horizonte para vivir nuestra historia de amor a salvo de accidentes, conventos y castigos, pero sería apartarme un poquito de la realidad. La verdad es que, aun siendo esbelta de miembros y de graciosa silueta proporcionada, mi Princesa está adornada por todas las curvas y volúmenes que hacen la felicidad de un caballero y posiblemente también su perdición. Ese bello cuerpo que anhelo venerar con el mío, tiene cierto peso (número prohibido del que los caballeros discretos no hablan, y mucho menos los caballeros que aspiran a no caer de la gracia de su amada), pero sobre todo en estos momentos de crítica gravedad, tiene masa.

Aquí estamos, pues, hechos un poco elegante amasijo de brazos, piernas, jadeos, ladridos, trapos y entrecortadas explicaciones. Mis manos se hunden en cálida y fragante carne tibia, y al mismo tiempo percibo una rodilla en peligrosa posición adelantada(*) que me impide concentrarme en disfrutar del inesperado regalo. Empiezan a aparecer luces en las ventanas del castillo, y hay ruido de puertas abriéndose y pasos que se aproximan presurosos. Muy arriba, desde una ventana que se pierde indistinguible en la oscuridad, suena una risa vengativa y maliciosa y, no sé por qué, alguien nos arroja una bacinilla metálica. Afortunadamente, (a) estaba vacía; y (b) no nos dio en la cabeza, gracias a la oscuridad reinante y sobre todo a la escasa puntería de nuestra oculta némesis.

Consideré rápidamente la situación y las posibles alternativas, y me dije: Creo que ahora sí estás bien jodido, Andrés. Por supuesto, en voz alta exclamé: "¡No te preocupes, mi bella, ya sé cómo salir de ésta!"

(*) Vocablo que usamos en las justas caballerescas (normalmente precedido de "juezchorro"), y que llevado a este contexto viene a significar que mejor te quedas quietita Princesa, o dejarás en orsai a tu paladín por un considerable tiempo.

RomeoJulietbyAnnieLeibovitz7

sábado, 5 de junio de 2010

Limpieza del Alma...Dubi dubi duuu

Retomando el hilo de la historia...



- Vaya, vaya, Andrés... tú por aquí, ya iba siendo hora. Últimamente no se te ve mucho por esta zona de la iglesia.

- Hmm... sí, no sé... a lo mejor no es el momento adecuado. Quizás no tiene tiempo para atenderme ahora mismo. ¿No sería mejor que volviera más tarde? Dentro de... dos o tres años, por ejemplo, qué apuro hay.

- ¿Acaso la salvación de tu alma inmortal no tiene prisa, hijo? Ya que estás aquí, no veo razón para posponerlo. Carpe diem.

- Sí, sí, como usted diga Monseñor. Ay, por dónde empiezo....

- En estas cosas, como en la mayoría, conviene empezar por el principio, hijo. Y no te apenes ni sientas vergüenza alguna, recuerda que represento a Dios Padre, que es todo Amor y Compasión.- (El obispo suele hablar así, con muchas mayúsculas, debe ser algo que se aprende en el Seminario).

- Bueno, resulta que yo me enamoré de una dama de la región...

- Sí, hijo... algo he oído al respecto. Lady Marita, la querida sobrina predilecta de la condesa. Justo ayer hablaba con...

- ¡Padre! Si vengo hasta aquí embozada y discretamente, no es para que todo el mundo hable. ¿Y el secreto confesional, dónde queda?

- Andrés, Andrés. Si querías secreto quizás deberías haberlo pensado antes de protagonizar un incidente público, muchacho. En pleno centro del pueblo además.

- Venerable Monseñor, es que usted no entiende lo que yo siento.

- Hijo, que yo haya hecho voto de castidad no me impide conocer las urgencias de un varón joven y sano. De hecho, en mis años mozos, yo... pero no se trata de mí, sino de ti. Habla con confianza, estoy aquí para comprenderte y darte la absolución.

- Buenooo....¿es pecado besar, cuando se ama, padre?

- Depende. ¿Con lengua o sin lengua? Déjame consultar el manual.... veamos... besito simple, dos avemarías; beso con labios abierto, tres avemarías y un padrenuestro; beso con lengua, cinco avemarías, dos padrenuestros, un credo...

- ¡Cinc....! Pero, Padre, y si fue ella la que metió la lengua, ¿lo mismo tengo que recitarlo todo? ¿No podría hacerme un descuento del 50% al menos?

- Andrés, te he dicho y repetido hasta el cansancio que no puedes, no puedes, confesar pecados ajenos. Aquí vienes por tu cuenta y riesgo. Lo de lady Marita lo arreglará ella con su alma, si le parece. O con su tía, que es mucho peor. Y lo de pedir rebaja... creo que has frecuentado demasiado los bazares de tierras infieles, querido muchacho. No estás comprando una alfombra, sabes?

- Está bien, está bien Monseñor.-- (Un caballero astuto sabe cuando batirse en retirada).- En realidad yo venía por otro asunto... ¿tiene por ahí la listita? ¿No se me fijaría qué dice de los pensamientos impuros?

- Andrés. Las cosas aquí no funcionan así. Te lo volveré a explicar despacito: tú confiesas tus pecados, y después yo te digo la penitencia y te doy la absolución. Las cosas en la Santa Madre Iglesia siempre se han hecho así, y jamás cambiarán. Es más probable que algún día los cardenales elijan un papa alemán y de dudoso curriculum, a que varíen un ápice nuestras prácticas.

- ... (suspiro). Si usted lo dice, Padre. Bueno, mire, la cuestión es que hace un par de noches, me dormí y soñé. ¿Ya me puedo ir?

- No. Por ahora, dormir y soñar no es pecado. Necesito que me des más detalles.

- ¿Detalles? ¿Le parece, Monseñor? Bueno... si usted quiere... En mi sueño, ella visitaba mi lecho. En la oscuridad, me envolvía primero su perfume, más enervante que el incienso del templo y que los azahares de Granada. Mientras mi bella pelirroja se acercaba, el silencio estaba lleno de anticipación y sólo lo rompían el leve rumor de sus pies desnudos y nuestras respiraciones entrecortadas. Había también un sonido de tambores, pero puede que sólo fuera mi corazón ilusionado. Cuando ella yació a mi lado, la fría seda de su camisón poco hizo por reducir el fuego de mi piel enardecida, más bien soliviantó cada centímetro de mi cuerpo. Sobre todo los centímetros de abajo, Padre. No voy a decir que me resistí a la invasión de mis sábanas, ni a la completa conquista de mi cuerpo, entregado a su soñada pasión, porque añadiría a mis pecados la mentira. Con lujuria acogí su llegada, con regocijo respondí a sus besos, con entusiasmo de aprendiz recorrí sus curvas y altozanos, con deseo estrujé sus caderas de perfecta simetría y descendí mi cuerpo sobre su ardiente carn....

- ¡Vade retro, Satanás! Tu alma está en peligro de condenación eterna. El Señor hizo de tu cuerpo un templo, y tú has permitido que la lujuria lo invadiera, desdichado. ¡Cómo te atreves a...

- Pp..p...pero usted me dijo que diera detalles. Con confianza, dijo. Amor y Compasión, dijo. Y que sin vergüenza...

- ¡Sinvergüenza!, eso debí decir. ¿Pero tú sabes el pecado en que has incurrido, infeliz? ¡Y hacer objeto de tu lascivia a esa pobre niña inocente, virginal, casta, pura...

- Emhhh.... Padre, disculpe que lo interrumpa, ¿usted no leyó la Gaceta del Chisme esta semana, no?

- Oh. Sí, bueno. Decía que has incurrido en pecado. Pero se es joven sólo una vez, y se comprende que si hay amor de por medio, y estando ella de acuerdo en recibir tus atenciones (me refiero a versos, madrigales, gestas caballerescas... que te quede claro, Andrés. No abuses de mi paciencia) es posible que puedas restañar el mal que has hecho.

- Entonces... ¿ya me puedo ir?

- Momentito. Tenemos que hablar de la penitencia.

- ¿Voy de nuevo al convento a aprovisionarlo de leña y a ofrecer mi ayuda para lo que sea menester?

- De ninguna manera. Esa penitencia ya no sirve para ti. Tienes a todas las monjitas comiendo de tu mano. La semana pasada, sin ir más lejos, Sor Ángeles tuvo el atrevimiento de decirme que no podía entregar a tiempo los nuevos ornamentos bordados para el altar porque estaba ocupadísima renovando tu guardarropas con camisas de lino finamente labrado y una capa de terciopelo forrada de piel. Me dijo "porque se acerca el invierno, Monseñor, y ese pobre chico está casi desnudo. Ni bufanda tiene.". Si no fuera porque conozco a Sor Ángeles desde hace casi cuarenta años, me atrevería a jurar que le brillaron los ojitos cuando dijo "desnudo". Y todavía no puedo creer que hayas convencido a la Madre Superiora para que te diera la receta de sus inigualables tarteletas de limón, que han sido el secreto mejor guardado del convento desde que fuera fundado por Santa Carmelita de los Pies Llagados. No, de ninguna manera te dejaré acercarte de nuevo a las buenas monjitas, eres pésima influencia para ellas. Tu penitencia consistirá en ayunar dos días a pan y agua, y en rezar una novena.

- ¿Y si lo dejamos en dos novenas y un día a pan y agua, Monseñor? La carne es débil.

- Ego te absolvo. ¡Fuera de aquí!

lunes, 24 de mayo de 2010

Los Sonidos del Silencio. Memorias de un Caballero Expulsado del Lecho

Uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras. Uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras. Uno es dueño... no sé cuántas veces tendré que repetirlo para que no se me olvide esta sabia máxima.

Si la hubiera recordado a tiempo, no estaría ahora intentando acomodar mi larga osamenta en este diván rococó, que más que mueble parece instrumento de tortura. No me entiendan mal, el coso tiene su utilidad. Tiene, por ejemplo, un tapizado de sedoso brocado, que realza (si es que puede ser realzado lo perfecto) la belleza de mi dama cuando sobre él yace. También tiene un respaldo acolchado a una altura muy apropiada para apoyarse -en caso de necesidad-.

Para lo que, sin duda, no está diseñado este mueble es para pasar la noche insomne dando vueltas sobre él. Esto me trae a la memoria otras noches pasadas en blanco, por causa de mi dama.

Aquellos eran días de negra desesperación y feroz rebeldía. Ella parecía del todo inaccesible para mí, encerrada a cal y canto en el castillo del dragón. Todos mis esfuerzos, todos mis desbordes de ingenio, parecían insuficientes y vanos. No es que pensara darme por vencido, pero se me estaban acabando los recursos para llegar hasta la bella y conseguir una mirada, tal vez una palabra, con suerte y en mis mejores sueños un roce de sus tentadores labios (bien, quizás no fueran mis "mejores" sueños, pero estamos en horario de protección al menor... sin ir más lejos, Lady Citu tiene 17 primaveras).

Pero vean ustedes cómo el Destino, cuando quiere trenzar los hilos de nuestras vidas, busca ocasión y manera para que todo suceda según está decretado en el alto firmamento. Maktub, decían aquellos salvajes sarracenos de Tierra Santa.

He aquí que, como es costumbre en estos tiempos de avanzadas tecnologías textiles, la elegida de mi corazón sumaba a sus castas virtudes e incomparable belleza, extrema habilidad para cuanta labor de bordado, encaje y labrado de ricas telas se pusiera de moda en la corte. De vez en cuando salía del castillo -convenientemente resguardada- a proveerse de materiales para sus labores. Hace poco obtuve, gracias a los buenos oficios de una criada del castillo, la noticia de que mi Princesa estaba últimamente abocada a un proyecto de tejido, de cuya forma y función la fámula no me supo dar idea, así como tampoco logró discernir qué clase de extraño punto estaba empleando. Y bueno, si no es crawl ni mariposa será tejido estilo libre, pensé yo. Muy moderno.

El caso es que era una soleada mañana de febrero y yo encaminaba mis pasos hacia la iglesia, para revisar cómo iba quedando el mosaico de la capilla de San Ignoto, que ilustra un interesantísimo episodio de la vida del "santo de las mandarinas", así llamado por su voto de alimentarse exclusivamente de esos perfumados cítricos, entre la una y las tres de la tarde. El resto del tiempo, hacía dieta normal. Santo, pero no estúpido.

Iba distraído, con la mente puesta más en la composición de un soneto en loor de las bellezas de mi amada, que en prestar atención a los transeúntes, cuando una barahúnda me sacó de mis enamoradas cavilaciones. Como una exhalación pasó junto a mí (junto a mí porque me eché velozmente a un lado, porque si no me llevaba puesto) una doncella de aspecto celta montada en un pobre caballo que iba echando espumarajos por la boca al son de su risa demoníaca.

No acababa de reponerme del asalto cuando veo que se me echa encima un segundo caballo, visiblemente desbocado, a lomos del cual iba otra dama. En realidad, no iba exactamente "a lomos de", lo que presume cierto control sobre el noble bruto e incluso algo de dignidad en la postura, sino desesperadamente agarrada del pescuezo y resbalándose hacia un lado peligrosamente.
En ese instante que me pareció fugaz y eterno, alcancé a estirarme y asir a la asustada doncella, dejando que el animal se perdiera en lontananza detrás de la polvareda levantada por la primera amazona ("amazona" en un sentido muy literal del término, no había nada metafórico en el brillo guerrero de sus ojos).

Y allí, temblando entre mis brazos, inesperadamente dulce y asombrosamente hermosa, estaba ella, la dueña de mi corazón, la que me había quitado sueño y apetito con una breve mirada, la única que daba sentido y meta a mi vida otrora desordenada y disoluta.

Por fin pude observarla con mesura, y cada detalle que mis ojos deslumbrados descubrían era una perla más en el cofre de sus gracias. Desde los delicados huesos de sus manos, hasta la curvatura matemática de sus pestañas, todo en ella era perfecto. De su cofia ladeada escapaban unos rizos rebeldes, llamaradas de fuego sobre su piel inmaculada; el escote de níveas puntillas dejaba entrever el nacimiento de unos senos erguidos que se apretaban contra mi pecho, agitados por la respiración entrecortada de mi dama. Su aliento me sabía dulce y ardiente, saliendo entre unos labios que adiviné risueños, suaves y húmedos, unos labios que se alzaban hacia mí y me impedían fijarme en otra cosa que no fuera su imperioso llamado.

(Por favor, ahora necesito que la cámara gire alrededor de la pareja principal, un movimiento rápido que dé emoción al momento, después un acercamiento a las caras... ¿y quizás música de violines sería exagerado? Ahh... todavía no se ha inventado la filmadora y sale muy caro transportar una orquesta de cámara a las callejuelas del villorrio. Habrá que ajustarse a los recursos literarios entonces... ¿metáforas puedo usar, o tampoco?)

Ella me miraba, y yo sentía que sus ojos eran oscuros lagos en los que podía sumergirme para siempre. Cuando bajó sus pestañas con modestia, ya no pude resistir tanta belleza y despacito, con miedo de asustarla -ya se sabe lo pudorosas que son las doncellas castas y virginales- posé mis labios sobre los suyos, un roce apenas, casi imperceptible, si no fuera por la conflagración que despertó en mi sangre.

Y en la suya parece que también, porque la doncella hasta entonces casi desmayada entre mis brazos, se aferró a mi cuello con insospechado vigor, y aplastando sus cálidos labios contra los míos, hizo una concienzuda recorrida del interior de mi boca. Su lengua fue la invasión más dulce que haya sufrido en mi vida de caballero andante.

No había alcanzado a recuperarme del estupor como para aprovechar plenamente el apasionado temperamento de mi dama, cuando al grito de "¡No se te puede dejar sola ni un instante! Aquí están esas tonterías lanudas que querías, ahora nos vamos.", reapareció el demonio de ojos claros y de un tirón para nada delicado, me la arrebató de entre los brazos y colgándola sin ninguna ceremonia en la grupa de su caballo, marchó hacia el castillo, profiriendo invectivas y vituperios contra "los caballeros indignos de llamarse tales, escoria de la sociedad medieval, mancilladores del honor de doncellas, ..." y no sé cuántos insultos más que afortunadamente la distancia fue borrando.

Sí. Ese fue nuestro primer beso.

Bueno. Basta de recuerdos. Ya hace como veinte minutos que me retuerzo en este engendro diabólico de palisandro y seda. Lo considero penitencia más que suficiente. Es hora de practicar una incursión sorpresiva al lecho de mi princesa. Porque como ya lo decía el rey en las cruzadas, cuando nos arengaba antes de la lucha: hay que atrapar al enemigo indefenso, acabar todo conato de rebeldía, forzar su rendición y someterlo a nuestros deseos más oscuros. Todo sea por la mayor gloria del reino, Andrés.

viernes, 14 de mayo de 2010

Una bufanda, un retrato y mil palabras. Los peligros que acechan a un caballero enamorado.

Es increíble lo que una buena noche de sueño hace por el estado anímico, las esperanzas, la salud y la vitalidad de un caballero. Hoy desperté sintiéndome descansado, menos acatarrado, y mirando al futuro con optimismo.

En mucho contribuyó a mi estado general de bienestar el maravilloso sueño erótico que tuve (¿debería arrepentirme por mancillar a Aquella que reina en mi corazón con pensamientos impuros?), y que supongo que tendré que confesar al Obispo si quiero recuperar el estado de gracia imprescindible para volver a combatir en las cruzadas. Va a ser muy embarazoso relatárselo... veamos, sí, sobre todo la parte que vino después que logré aflojar los cordones de su ajustadísimo corset. Bueno. Supongo que otros pueden encargarse de reconquistar Tierra Santa, uno no puede estar en todo.

Pues bien, he aquí que estaba rememorando los deliciosos detalles que poblaron mi noche, cuando sin decir óleo va y mucho menos molestarse en pedir permiso, se introdujeron en mis estancias Monsieur Passepartout, el pintor de la corte, y su ayudante ocasional, Adalberto. (Aquí entre nos, me parece que ese muchacho tanto sirve para un barrido como para un fregado... el tiempo dirá si tengo razón).

Jamás he simpatizado demasiado con el pintor, un astuto y marrullero embaucador que ha conseguido escalar y consolidar su posición en la corte a fuerza de triquiñuelas, desmedidas alabanzas y excesivamente halagüeños retratos (¿o creen ustedes que el Obispo de veras mide 1.80 metros, tiene estómago plano y conserva todo su cabello, tal como luce en ese favorecedor cuadro en que figura como San Jorge al momento de ultimar al dragón, en el atrio de la iglesia?).

- Alors, vite, reclinado sobre el diván de tegciopelo vegde, una piegna extendida y la otra flexionada, la cabeza apoyada en el brazo. El fondo caguece de impogtancia, tendgrá agmas y colgadugas triomphales y lo agregagué después en mi talleg.- fueron las confusas palabras que le escuché proferir con ese fingido acento francés que cultiva.

Al mismo tiempo, Adalberto avanzó hacia mí con una sonrisita complaciente, y abriendo con un florido ademán la arquilla que portaba, expuso a mi consideración y elección tres diferentes tamaños de hoja de parra. Apartando de un manotazo al servil mozo y sus impúdicos accesorios, me volví hacia Monsieur Passepartout, a la espera de una explicación para tan ridícula intromisión en mis aposentos y en mi paz mental.

Ante mi cara de completo desconcierto y creciente enojo, el engreído tipejo barbotó con soberbia (perdón: sobegbia):

- Vamos, milogd, que no tengo tiempo que pegdeg. Por considegación a Monsieur l'Évêque le hice un huequito antes de ig a cubrir el banquete de bodas de Sig Pantagruel, que me pidió un tríptíco ¡y con pan de ogo nada menos! Si quiegue usted su retrato, entonces debegá...-

- ¡Yo no pedí ningún retrato, vive Dios! Ya pueden desaparecer de aquí, o conocerán como pinta mi bota en su trasero. Me encargaré de que el obispo sepa qué clase de alimañas cobija en su corte.

- Ppp...pego si fue justamente la hegmana del Obispo quien...- fue lo último que escuché antes de cerrar la puerta detrás de tan lamentables personajes.

Y entonces, algo hizo clic dentro de mi cerebro. Recordé que durante una de nuestras comidas, Monseñor había insinuado su preocupación por mi estado de salud y anunciado su propósito de encargar a su hermana, doña Luisa de Brabante, la elaboración de alguna prenda para evitarme futuros quebrantos.

Ahora bien, aún sabiendo que un caballero debe ser discreto y no manchar con ligereza la reputación de una dama, he de atenerme a la verdad y explicar aquí que las opiniones sobre doña Luisa están divididas. Nuestro santo Obispo, en su inmensa e ingenua bondad, está convencido de que la dama es un ángel de piedad, que ocupa su tiempo en obras caritativas y plegarias al alto cielo. El resto del mundo... bien, el resto del mundo la conoce.

Es necesaria una confesión. No, no me refiero a ir a contarle al Obispo lo de mi sueño húmedo... ¿tengo aspecto de ser tan perejil? Lo que pretendo admitir, es que soy un caballero con pasado. No hablo de un turbio pasado, no, qué va a ser turbio, si está clarísimo que hasta hace relativamente poco tiempo he sido participante entusiasta de jolgorios no muy santos, me he refocilado sin mayores remordimientos entre los acogedores muslos de alguna aldeana generosa, y he compartido el honesto vino de las tabernas con gentes de la más variada laya.

Y bien, en el otoño pasado mi camino se cruzó brevemente con la senda por la que transita doña Luisa. Fue tan fugaz esa conjunción, que ni siquiera llegué a posar mis ojos sobre la dama... ni ella sobre mí. Todo se redujo a algunos rumores, chismes que fueron y vinieron; llegó a mis oídos por ejemplo un cierto pedido de informes que la señora habría hecho a una doncella de mi, ejem, conocimiento. Quizás habiéndose sentido satisfecha -¿podría decir "tentada" sin pecar de poco modesto?- por las respuestas recibidas, doña Luisa hizo un primer movimiento de apertura, enviándome una esquela perfumada. Cabe decir que su reputación la había precedido, y no deseando colocar voluntariamente el cuello en el lazo, evadí prestamente la celada con las disculpas del caso, y desde entonces he vivido atento a posteriores intentos de captura por parte de la dama.

Y ahora, ahora que mi corazón tiembla de amor por la más pura de las criaturas, vuelve a aparecer doña Luisa, amparándose en la santidad de los hábitos de su hermano, para exigir de mí la satisfacción de un retrato... para empezar.

Andrés, he aquí el momento de actuar con prudencia, me dije. No se puede ofender impunemente a la hermana de Su Ilustrísima, después de todo estamos en tiempos de gloria para el nepotismo... apuesto a que dentro de unos cuantos siglos, digamos allá por el lejanísmo 2010 esas prácticas corruptas ya no seguirán vigentes.

Es necesario ser cautos, y aun no estando dispuesto a complacer el capricho de doña Luisa -a saber qué destino poco glorioso tendría ese retrato mío-, dar una respuesta cortés y galante, cuidando las formas de cara al Obispo, que sólo quiere mi bienestar y salud y no tiene la culpa de compartir genes con esta dama (aunque eso todavía es algo que está en tela de juicio, porque déjenme decirles que en las tabernas se cuenta una historia muy graciosa que involucra a la mamá del obispo y a Sir... ahh, no, no, lejos de mí pecar de chismoso, además a quién puede interesar un dato tan sórdido y antiguo...).

A continuación incluyo en este diario el borrador de la misiva(*) que envié hace un rato rumbo a los dominios de doña Luisa, en manos de un joven y agraciado doncel (si la mujer no ve la ofrenda propiciatoria servida en bandeja, es que no tiene ojos, creo yo):

Luisa, astuta señora mía:

Aún en mi lastimoso estado catarral, conservo suficiente lucidez para darme cuenta de que está intentando aprovecharse de mi ingenuidad para conseguir el envío de un retrato, so pretexto de mejor calzarme una bufanda.

Me hice asesorar y me a-se-gu-ra-ron que no hay peligro de que dicha prenda me vaya a tirar de sisa o perder ni un ápice de elegancia y/o abrigo por el hecho de que usted desconozca mi color de ojos o el estado precario de mi dentadura.

La única información útil que puedo brindarle es mi estatura (1.88m), a los solos efectos de que me la teja larguita. No pretendo estar envuelto cual momia egipcia, pero tampoco lucir un escaso corbatín, que carecería de toda funcionalidad -siempre pensando en evitar resfríos, que es mi única motivación para elevar este pedido a sus habilidosas manos-. Sin embargo, no soy pretencioso: ni angora ni vicuña, me conformo con una bufandita a rayas de colores, según le hayan sobrado ovillitos de aquí y de allá.

Sin otro particular, la saluda atentamente, Andrés el Humilde.





(*) Como fueron advertidas con anterioridad, amables lectoras de este blog, empezamos a incluir trozos de antigua correspondencia, parte de un intercambio que comenzara más de un año atrás (¡cómo pasa el tiempo!) en un entrañable grupo. Luisa, si llegas a ver estas letras, que no te ofendan mis comentarios acerca de tu reputación. Achácalo a que nunca me llegó la bufanda por la que tanto rogué y supliqué. Desde aquel entonces hasta ahora, muchos resfríos y moquitos han pasado bajo el puente. Que quede dicho desde esta modesta trinchera de la caballería andante: te perdono.

domingo, 2 de mayo de 2010

Reflexiones de un caballero desafortunado o la maldición de una dieta baja en calorías


¿Pero será posible tanta desgracia, vive Dios?
Corrían los días de a fines de guerra. Maltrecho y cansado de sangre y batallas, pasaba el tiempo en la enésima justa con los mismos caballeros de siempre -¿hasta cuándo Sir Giles va a seguir pensando que el cuento del escudero y el lorito es gracioso?-, cuando mis ojos hastiados se posaron sobre la mujer más bella del mundo.

Me informé. La dama era celosamente guardada por un furioso dragón, una tía de estrictas costumbres y rígidos preceptos morales (¿Ahh, no me creen? Sepan que la venerable señora creó un grupo de facebook que se llama "Yo uso cinturón de castidad, ¿y Ud.?").

Desde aquel instante fugaz ya no pude quitarla de mis sueños ni de mis vigilias. ¿Cómo asediar una fortaleza inexpugnable, cómo llegar hasta esos labios, cómo lograr que siquiera me mirara?

Se decía en el condado que apenas salía del castillo de su tía para sus devociones cotidianas, y siempre rodeada de una corte de doncellas y damas de compañía tan virtuosas como ella misma.

Estrategia, Andrés, estrategia, fue lo que me dije. Otras plazas más difíciles han caído, los moros se han rendido ante tu espada... no puede ser que una vieja y un foso de agua podrida te aparten de esa beldad.

Toda la cuaresma estuve haciendo buena letra con el arzobispo, compartiendo su mesa de modesto pescado hervido y agua con gotas de limón, y escuchando con paciencia y muerto de hambre sus diatribas contra los escasísimos diezmos. Acepté entonces encargarme de las reparaciones del crucero de la capilla del Santísimo casi que gratis, porque no dirán ustedes que tres bendiciones y una dudosa reliquia de Tierra Santa (¿cuántos dientes pudo haber tenido Nuestro Señor, por más hijo de Dios que fuera?... a la fecha, y a juzgar por lo que he visto en los castillos y posadas de veinte leguas a la redonda, el hombre era un tiburón) es pago suficiente para arreglar esta ruina... ¿y todo para qué?

Para que cuando por fin, ¡por fin! tengo oportunidad de posar mis ojos sobre ella, en lugar del inspirado discurso amoroso con que esperaba deslumbrarla, en lugar de mostrarme soberbio y capaz, seguro y viril, caballeroso y seductor, voy y le suelto un estornudo de padre y señor mío. No, si para completar mi desgracia sólo faltó que la dama me alcanzara su pañuelito labrado en interminables tardes de bordado y laúd.

Todo está perdido. Ella está perdida para mí. Perdida para siempre.